lunes, 27 de noviembre de 2006

UNA MUJER COMO POCAS


Aguerrida, bella, huraña, optimista y perseverante parecen ser los mejores adjetivos para hablar de la ferviente defensora de la libertad de prensa en el Perú: Doris Gibson de Parra.


“Doris personifica la captación de una doble inspiración poética por angas y mangas. La estirpe arequipeña con la ironía de inglesa y el flujo de la serranía. Gibson y Parra del Riego, dos nombres que tanto significan”, afirmó, en alguna oportunidad, el recordado ex presidente, Fernando Belaúnde Terry.
Gibson es una mujer que siempre supo tomar por sí sola sus decisiones, incluso antes de nacer ya sabía lo que quería. Era, el 28 de abril de 1910, cuando Percy Gibson Moller y su esposa Mercedes Parra de Riego se encontraban embarcados en un buque alemán, que los trasportaría del Callao a Mollendo. De pronto la señora Mercedes tuvo los dolores de parto y fue trasladada en tranvía hasta la Plaza Dos de Mayo: La Doris (como la llaman en Yanahuara y distritos aledaños), quería conocer el mundo.
Algunos meses después, la familia no retrasó más el viaje y se trasladó a Arequipa. Los Gibson Parra vivieron en una casa grande de propiedad de los Moller y también en la quinta Romaña. Los domingos estaban dedicados a los abuelos paternos, Enrique W. Gibson y Doris Moller.
Doris Gibson, mezcla de raíces británicas y characatas, siempre estuvo rodeada de poetas y artistas que visitaban a su padre, el escritor bucólico Percy Gibson, fundador del grupo literario Aquellarre.
Desde muy niña aprendió a ser madre. Por ser la mayor de la prole, tuvo que cuidar a sus hermanos. En el libro Presencia de la mujer en el Periodismo Escrito (1821- 1960), afirmó que sus padres sólo tenían tiempo para amarse.
A los trece años se alejó de aquellos nevados, que fueron testigos de sus innumerables travesuras, y regresó a la capital junto a sus progenitores y sus siete hermanos.
Cuatro años después conoció a un apuesto joven diplomático de ojos azules, hijo del Cónsul General de Argentina en el Perú: Manlio Zileri Larco. Gibson recibía el amoroso nombre de Pichoncita en cada una de sus cartas.
El día de su boda, hasta los lentes fotográficos estuvieron de etiqueta. Su matrimonio sólo duró 7 años, pues debido a la enfermedad de su pequeño Enrique, viajó a Arequipa en busca de un clima favorable que lo librara del asma. Durante ese tiempo, como afirmó, en una entrevista a Caretas, cambió de opinión y decidió no seguir casada.
Después de viajar por Europa y diversas partes de Sudamérica, conoció, en Lima, el amor por el que luchó hasta que no pudo huir más de la factura del tiempo: el periodismo.
La Doris se vinculó a la revista Turismo y luego, a pesar de que en los años ’50, el campo de la política estaba reservado sólo para el sexo masculino, decidió pelear por un lugar para la mujer en terrenos que no fueran de belleza ni modas: junto a Francisco Igartua decidieron fundar Caretas.
Cuando apareció Caretas, los portales de la plaza San Martín, los cigarrillos y las tazas de café eran los primeros en conocer qué reportajes, textos, y entrevistas se realizarían. Luego la charla se trasladaba a una pequeña oficina de la calle Boza.
A pesar de su detención en 1952 y de la requisa de los ejemplares de Caretas, por pedir la derogatoria de la Ley de Seguridad Interior, Doris Gibson, con esa perseverancia arequipeña que la caracteriza, no se calló y siguió enfrentándose con todo aquel que estuviera en contra de los derechos que defendía.
Imagínese a una elegante, blanca y delgada mujer sobre un cajón, ofreciendo, a viva voz, en la plaza de Arequipa, los ejemplares de la revista Caretas: esa es la señora Doris Gibson.
Defensora, a capa y espada de la libertad de Prensa, no permitió que nadie la intimidara. En 1968, cuando el inspector Prado de la PIP entró violentamente en la redacción y a patadas abrió la puerta, con la consigna de clausurar la revista, Doris Gibson, que estaba dentro, le dijo, con furia characata: “¿No le da vergüenza, a su edad, dar puntapiés a la puerta?, hágame el favor de salir y tocar el timbre si quiere entrar”.
Gibson no aceptaba un no por respuesta. Es así que no dudó en presentarse, en el despacho del Gral EP Juan Velasco Alvarado, para exigirle que levantara la orden de captura en contra de su hijo Enrique. El Chino prometió hacerlo, pero ella amenazó con no irse hasta escucharlo por radio. Después de unos minutos, el comunicado era transmitido, mientras que ambos se tomaban una botella de licor.
Siempre se preocupó por lo que sucedía en su país. A Doris Gibson se le podía encontrar en la peña Pancho Fierro, debatiendo sobre la importancia de lo nacional, con Elvira Luza, las hermanas Alicia y Celia Bustamante, Julio Codesido, Camino Brent y Arguedas. En el octavo piso de Camaná, realizaba almuerzos donde asistían diversos personajes de la intelectualidad peruana.
Su belleza deslumbró a políticos, historiadores, poetas y hombres famosos. El reconocido pintor Sérvulo Gutiérrez la convirtió en la musa de sus óleos, captando en sus cuadros el detalle de sus largos dedos y la forma de colocar sus manos al conversar.
En 1952, fue condecorada con la Medalla Cívica de la Ciudad por el alcalde de Lima, Alfonso Barrantes Lingán. Ese mismo año, recibió la Orden del Sol en el Grado de Gran Oficial.
En 1966, el Consejo de Arequipa le entregó una medalla de oro en reconocimiento a su distinguida labor y amor por su ciudad adoptiva: sentimientos reflejados en el sinnúmero de artículos que Caretas le ha dedicado.
El cariño por las costumbres populares se reflejaba en cada una de sus acciones. En su casa antigua de Camaná, se podían encontrar los más variados retablos indigenistas y las más finas piezas de cerámica andina.
Durante años la acompañaron objetos virreinales como esculturas, columnas, ángeles, arcángeles, platería, baúles, muebles antiguos y sus clásicos peroles de cobre: tesoros que han sido entregados al Museo Riva Agüero.
Debido a su ilustre trayectoria periodística fue reconocida y condecorada, el 2 de octubre del 2002, por el presidente Alejandro Toledo Manrique.
Ella no pudo asistir a la ceremonia, por ello el Mandatario fue a buscarla a su domicilio. El Jefe de Estado y su personal de seguridad se quedaron atascados en el ascensor, al no hacer caso al aviso de cinco personas como máximo.
Sus 95 abriles no le han podido arrebatar el deseo de luchar. A veces olvida que ya no va a la revista hace varios años y exige, como si estuviera contra el tiempo, su ropa para salir firmar los cheques.
Los azules ojos de su esposo hasta hoy la acompañan reflejados en el color de algunas paredes. Ella y su hermana menor Rosario comparten sus años maduros.
La figura de Ninfa que robó más de una mirada y produjo un sinnúmero de poemas ahora sólo forma parte del recuerdo. Los años han invadido su rostro y cada uno de sus cabellos.
Doris Gibson sufre de los pulmones. Los inviernos son fatales para ella, pero luchadora como siempre no tiene miedo a robarle más años a la vida.

CRÓNICA DE UNA NOCHE DE LUNA LLENA



Todo estaba listo. La cita sería el 26 de enero a las 19 horas en El Agustino. El reloj indicaba que sólo faltaban algunos minutos para ingresar. No era un encuentro cualquiera. Sería un recorrido por algunas de las 20 hectáreas del Museo Cementerio Presbítero Maestro: era una de las esperadas Noches de luna llena.



Las rejas de la puerta N.° 4 se abrieron y el vehículo de la Beneficencia de Lima ingresó inmediatamente. Las antorchas amarillas y las velas, en el suelo, creaban un ambiente de misterio. Un hombre amable, de no más 150 centímetros de estatura y de contextura delgada, guió nuestros pasos: era el historiador José Bocanegra, trabajador de la Beneficencia de Lima.
Cada vez era más difícil ver el camino. Las linternas de mano se usaban, de rato en rato, para evitar las caídas, debido al terreno pedregoso, muy parecido a las calles de la Lima antigua.
En el viaje a través de las imaginarias hojas de la historia, Matías Presbítero Maestro- el clérigo que llegó al Perú, a fines del s. XVIII, para dedicarse al comercio- tomó el lugar del joven historiador, adoptando el castellano actual, y después de contar que nació en Vitoria (Viscaya) en 1776, empezó a presentarnos a cada uno de los personajes invitados a la celebración llamada Lima de Antaño, en homenaje a los 471 años de la Ciudad de los Reyes.

José Antonio Lavalle Arias de Saavedra- personaje que inspiró a Chabuca Granda para escribir José Antonio- fue el primero en presentarse. Había nacido en 1833 y era descendiente de una noble familia limeña. Llegó a ser canciller del Perú y tuvo la misión de ir a Chile para evitar que la guerra estallara. No fue bien tratado en tierras mapochas.


José Antonio, quien firmaba con el seudónimo de El Licenciado Perpetuo Antañón, escribió el libro Tradiciones limeñas. Añoraba una época que ya no existía, el caos y los golpes de Estado habían acabado con esos tiempos.
Mientras caminábamos al encuentro de Manuel Atanasio Fuentes, Presbítero Maestro comentaba que fue el virrey Abascal, quien le encomendó la construcción de un cementerio general. “Este lugar va a cumplir muy pronto 200 años. Se fundó en 1808. Fue el primer campo santo público y se construyó debido a que, a fines del siglo XVIII, las bóvedas estaban a punto de colapsar. Los cadáveres se convertían en el banquete de los perros, que después de excavar se llevaban los restos”, decía.
Las hermosas letras de un vals criollo permitieron a Matías Maestro tener un preámbulo para contar la historia de El Murciélago, del polifacético Manuel Atanasio Fuentes, quien fue abogado, periodista, miembro de la Corte Suprema de Justicia, estadista, autor y editor de libros.
Fuentes vivió hasta muy anciano. Sus litografías han servido para reconstruir sitios históricos. Gregorio Paz Soldán y Castilla fueron- reconoció El Murciélago- algunas de las víctimas de mis letrillas.
Mira, ésta es la avenida central, algunas la llaman la Avenida de La Muerte, decía el clérigo, mientras señalaba el lugar, que está detrás de la puerta N.° 4. El monumento que se encuentra al fondo y en el punto medio es el de Ramón Castilla. Estuvo enterrado, en este lugar, hasta 1924, luego lo llevaron al Panteón de los Próceres... Sigamos caminando.
Esta es la siguiente parada. Aquí está uno de los padres del teatro nacional: Felipe Pardo y Aliaga. Su nicho es el más fino del cementerio. El lugar donde descansa alude a lo que fue su vida y obra: la máscara griega representa el teatro y el sillón, sus últimos 25 años, los que vivió completamente paralítico y ciego.
Pardo, criticaba las costumbres de la época y sostenía que algunas debían desaparecer, tal es el caso de los baile limeños.
El clérigo, observaba a su alrededor, buscando el próximo nicho, mientras explicaba que Lima era, en su tiempo, una ciudad muy pequeña, amurallada. No excedía los límites de lo que ahora es por el sur, la avenida Grau; por el este, Barrios Altos; por el oeste, un tramo de la Av. Alfonso Ugarte y por el norte, el río. Pasando el río estaba el arrabal San Lázaro, lo que ahora es el Rímac. Para construir el cementerio se buscó un terreno fuera de la muralla, que era una chacra de pepinos.

A prácticamente 30 metros de distancia de Pardo se encuentra Manuel A. Segura. Su mayor preocupación fue- afirmaba el guía- rescatar las costumbres y tradiciones de Lima. No usó el lenguaje anquilosado en sus representaciones, sino un habla de uso cotidiano. Fue militar y llegó hasta el grado de mayor.
El siguiente invitado a esta noche de Lima de Antaño fue Ricardo Dávalos y Lizón, un escritor que murió a los 25 años. Era un abogado sin suerte- dijo el clérigo con un poco de tristeza-. Escribió Lima de Antaño, donde su tema principal eran los carnavales. Decía que en vez de echarse agua, debían regalarse pomitos de agua perfumada.
Durante 150 años, este cementerio tuvo el monopolio de los entierros. No existía El Ángel ni panteones privados. Todos llegaban a este lugar: ricos, pobres, literatos, políticos, historiadores, presidentes, ministros, bomberos, etc.
Siguiendo con el recorrido no quiso pasar de largo a Mariano J. Reyes y comentó que este personaje fue comandante de la corbeta América y que murió, junto con algunos de su tripulación, en el maremoto de Arica, después de brindar ayuda a la población damnificada por el terremoto.
A pesar de que Clorinda Matto esperaba ansiosa escuchar la guitarra y el cajón, Presbítero primero la presentó. Clorinda fue una mujer que no se amilanó ante los prejuicios de la época. Escribió algunas tradiciones sobre su lugar natal el Cuzco. Fue perseguida y sus obras quemadas a fines del s. XIX, pues, según se decía, iban en contra de la moral y las buenas costumbres.
Otro vecino de la Lima antigua fue el piurano Luis Antonio Eguiguren, quien llegó a ser alcalde de la ciudad, rector de la Decana de América y candidato a la presidencia en 1936. Desentrañó cada uno de los nombres de las calles limeñas: Siete Jeringas que quedaba a la espalda del Hospital San Andrés en Barrios Altos; Ya Parió, cercano al actual mercado Aurora; El Huevo, donde nació Micaela Villegas, Siete Pecados, en Amazonas, etc.

La morada de los héroes

Después de casi 40 minutos de caminar por la sección histórica del cementerio, llegamos a la Cripta de los héroes. Este lugar fue construido, en 1908, durante el gobierno de José Pardo y Barreda, con la finalidad de concentrar, en un sólo lugar, los restos de los combatientes de la Guerra del Pacífico, que se encontraban en los cementerios de Tacna, Arica, Junín o en fosas.
Originalmente sólo contaba con dos niveles, recién en 1980, se construyó el tercero. Cáceres presenció la ceremonia. Murió muy anciano, casi a los 90 años. Cuando falleció, en 1923, fue traído a descansar al lado de los demás combatientes. Actualmente, son 294 los restos identificados.
Hay osarios con restos de personajes anónimos que participaron en la batalla de Huamachuco, San Pablo, Tarapacá, Angamos u otras. Alrededor se encuentran nichos individuales con el nombre del combatiente, su grado y el hecho bélico en el cual participó.
Leoncio Prado, Pedro Ruíz Gallo- el gran inventor y actual patrono del Arma de Ingeniería, que murió construyendo torpedos para la defensa de la ciudad-, Melitón Carbajal, Alfonso Ugarte, Remigio Morales Bermúdez, Juan Guillermo More, comandante del buque Independencia, Lizardo Montero, que llegó a ser vicepresidente del Perú, y otros defensores de la nación están aquí- dijo Matías Maestro, señalando en diferentes direcciones-.
Ahora, hay nueve nichos vacíos que esperan la llegada de los restos de los otros héroes. En marzo del 2005, fueron encontrados, en el cementerio de Moquegua, los restos de un jefe de artillería en el combate de Arica.
Las únicas dos mujeres en la cripta son Antonia Moreno, esposa de Cáceres, y Leonor Ordóñez. A pesar de que el Ejército estaba integrado sólo por hombres, las mujeres tuvieron un papel importante desde las mal llamadas rabonas, hasta aquellas que pusieron de su parte para ayudar al ejército a terminar con la ocupación de la capital.
Cuando se produjo la invasión de la ciudad, Cáceres fue herido y se ocultó en el convento de San Pedro para poder recuperarse e irse a la sierra a continuar con la resistencia. Antonia Moreno decidió quedarse y soportar los abusos de las tropas, que buscaban incansablemente a su esposo.
Moreno se dio maña para poder conspirar y recolectar pistolas, bayonetas y balas. Supo evadir a los piquetes de soldados que se encontraban cada 2 cuadras y a los pelotones ubicados a la salida de la ciudad.
Gregoria Laynes su empleada, una mulata alta, se amarraba los fusiles al cuerpo y se ponía un chall para no ser descubierta. Además, en su canasta ocultaba balas que ponía debajo de las verduras y frutas. Muy tranquila pasaba delante de los soldados sin ser sorprendida.
Al salir del tercer nivel de la cripta, el guía del siglo XIX comentaba que el nombre de paseos de Noches de luna llena surgió debido a la travesura que cometieron José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar y una bailarina rusa Norka Rüsca, quienes bailaron a la media noche, en el cementerio, la Danza Macabra. Fueron arrestados, pero después quedaron libres de todo cargo. Estos recorridos nocturnos -afirmó- también se realizan en Colombia y en La Recoleta de Argentina.
Ricardo Palma, El Bibliotecario Mendigo, fue el último de los invitados...Las aves negras abandonaron por unos minutos sus guaridas para evitar las luces de las antorchas y linternas. Palma escuchó, al ritmo de guitarra y cajón, la melodía de un vals criollo que con sus letras invitaba a la despedida.
El reloj marcaba las 23 horas, y el clérigo dejaba su lugar al joven historiador, era momento de que la máquina imaginaria del tiempo regresara al conmocionado siglo XXI.